Escuchemos a las juventudes que le cantan al narco

26.04.2024

Publicado originalmente en El País 

La visita de Peso Pluma al festival Viña del Mar no era una noticia taaan polémica. La visita de Peso Pluma a Viña del Mar era algo sencillo: un cantante exitoso más, presentándose en un festival musical y ya está. No era motivo de discusión hasta que una "buena conciencia" lo problematizó. El sociólogo chileno Alberto Mayol puso el dedo en la llaga cuando afirmó en una columna de opinión que el primero de marzo de 2024, día propuesto para presentación de Peso Pluma en Viña del Mar, se escucharía la voz de narco en un canal del Estado y que esto rompía el pacto social.

La columna se llama Peso Pluma en Viña: a veces hay que escuchar la voz del narco. ¿Hay que escuchar al narco? La frase, de entrada, es problemática. Una cosa es escuchar una expresión cultural de jóvenes que crecieron en la guerra contra el narco y otra escuchar a los líderes de las organizaciones criminales. Yo replantearía: ¿hay que escuchar a las juventudes que le cantan al narco? Y respondería que sí. Y a lo largo de este texto problematizaré algunas de las afirmaciones de Mayol y otros que comparten su postura. Lo haré como mexicana, como víctima indirecta y sobreviviente de la guerra contra el narco, pero también como entusiasta de los corridos en general. Hablaré, también, de la importancia de los corridos bélicos, de los matices y de complejizar.


 

Si quieren dar seguimiento puntual a lo que se ha dicho y lo que ha pasado con este debate les recomiendo leer Peso Pluma en el Festival de Viña del Mar: la visita que incomoda a Chile, de Antonia Laborde, publicado en este mismo espacio.

Pero, primero: el contexto es importante. ¿Quién es Peso Pluma? Se llama Hassan Emilio Kabande Laijaun es originario de Zapopan, Jalisco, de familia de clase media alta y piel blanca. Es delgado y tiene carisma. Aunque es más conocido como intérprete de corridos bélicos, también tiene grandes éxitos de reguetón y trap. Su fama internacional comenzó en 2022.

Además, si desean entender a profundidad el fenómeno musical, pueden leer la columna de opinión: Peso Pluma: el hijo de la guerra contra el narco que destronó a Bad Bunny, de Óscar Balderas. Destaco algunas frases: "El nuevo ídolo punk escandaliza a las buenas conciencias, reta al establishment, se planta contra el gobierno y tumba la imagen hipermasculinizada de los cantantes de música regional. Las letras de la nueva estrella musical de estatura mundial reflejan el país en el que creció: tiene 23 años, es decir, entró a la primaria al mismo tiempo que en México estalló la militarización de la seguridad pública. Cuando tenía 10 años, y componía sus primeros versos, Joaquín Guzmán Loera llegaba al escaño 701 en la lista de millonarios de la revista Forbes. Y cumplió 16 cuando todos los noticieros anunciaban que El Chapo se había fugado por segunda ocasión de una prisión de máxima seguridad y observó cómo miles de sinaloenses festejaban su escape por un túnel. Un hijo de la guerra contra el narco".

Peso Pluma, como millones de jóvenes en México, no conoció otra realidad, es hijo de la militarización, de la guerra contra el narco y del fracaso del Estado para garantizar seguridad pública. Todos los productos culturales son influenciados por su época y por su contexto. Todas las guerras y problemáticas sociales generan productos artísticos ¿por qué la guerra contra el narco debería ser la excepción? El debate de si la música influye o no en las juventudes no es nuevo, desde que las juventudes y sobre todo las juventudes marginadas han cantado sus experiencias, las buenas conciencias se han escandalizado. En el prólogo del libro Corridos Tumbados José Manuel Valenzuela Arce señala que, en cuestión de los productos culturales, el orden sí importa: primero existió la guerra contra el narco, primero existió la militarización, primero existen las condiciones estructurales y estructuradas que permiten que miles de jóvenes vean como una opción viable el "narcotrabajo" y luego, los narcocorridos. 

Entonces lo que tenemos que pensar y problematizar no es cómo influye el corrido en las personas, si no cómo la realidad es la inspiración para los corridos, pero sobre todo cómo cambiamos las condiciones materiales para que no exista inspiración para los corridos bélicos.

Después de entender quién es Peso Pluma y las razones de la polémica creo que es importante tener un panorama general del corrido como producto cultural. Amo los narcocorridos. Crecí con ellos. Mi familia durante toda mi infancia y parte de la adolescencia se dedicó profesionalmente a la promoción del regional mexicano. Los corridos fueron parte de mi formación sentimental y teórica. Para mí es normal trabajar como editora de noticias internacionales y leer sobre cómo estalló un conflicto armado aquí o cómo tal jefe de Estado es un criminal de guerra o cómo hay recortes a la salud pública en tal lado mientras escucho y canto alegremente canciones que exaltan las hazañas de integrantes del crimen organizado. Sé que los corridos son un tema polémico y estigmatizado, sin embargo, no son algo nuevo, son herederos de toda la tradición lirica que narra las hazañas de un pueblo, héroe o antihéroe. Hay corridos que contaban la historia de personajes de la Revolución mexicana y corridos zapatistas, incluso el himno nacional mexicano podría ser un corrido bélico: "mexicanos al grito de guerra, un solado en cada hijo te dio".

Corridos, el punk latinomericano

En el podcast que comparto con Sofia Regalado, Morras vs fundamentalismos, tenemos un episodio dedicado a los corridos bélicos. En este episodio Sofia destaca al corrido como un género musical, sobre todo rural, marginado y periférico que canta las vivencias de las personas que menos tienen: migrantes y campesinos, pero también una suerte de punk latinoamericano porque versa contra las injusticias sociales, contra el orden social y contra el Gobierno. Pero, los corridos que más polémica generan son los que le cantan al hampa. En su libro Cantar a los narcos: Voces y versos del narcotráfico, Juan Carlos Ramírez Pimentel rastrea su origen y lo sitúa en un contexto. Aunque el primer registro que se tiene de un corrido dedicado a un traficante es uno sobre Mariano Reséndez a finales del siglo XIX, la tradición es larga y la diversidad también y para tener un panorama general de la historia del corrido, recomiendo revisar la obra de Ramírez Pimentel.

Pero destaco su análisis del contexto. El contexto importa. Las personas no nos despertamos un día y decimos: hoy me quiero identificar con los "maleantes" y quiero exaltar sus "hazañas". No. Nos identificamos porque el Estado nos ha fallado, por poner un ejemplo, hablaré de mi experiencia con la policía: no me gusta la policía. Y cuando escucho a Simpson Ahuevo decir: "En cualquier lugar del mundo controlan la calle, son la pandilla más grande, no tienen rivales, llevan puesto el uniforme, se creen intocables, no buscan al que la hizo; sino al que la pague", me hace sentido. No nací odiando a la policía, pero fui víctima de un montón de abuso policial, entonces las palabras de Simpson me hacen sentido.

A las personas nos interpelan los corridos por muchas razones. Las dos principales son porque son canciones que, si se les quita el "detalle" de las actividades "ilícitas", son de superación personal. Hablan de echarle ganas a la vida, de salir adelante, de salir del umbral de la pobreza. Quizás si tú eres de clase media, alta o simplemente jamás te has dormido con angustia económica, no te resuenen los corridos. Pero, cuando sí has vivido marginación y precarización, sí aliviana escuchar himnos al progreso económico. Y la otra es, como planea Pimentel, que son cantos contra el Estado, la injusticia social y la complicidad del Estado en la violencia necro y narcopolítica. Los corridos denuncian los pactos del Gobierno con el narco. Los corridos también visibilizan la corrupción y el entramado de complicidad del Estado con las organizaciones multicrimen. Pongo el ejemplo de Clave 7 de Grupo Laberinto. Este corrido cuenta que Pedro Avilés Pérez fue traicionado por el Estado porque su poder estaba creciendo tanto que lo veían como una amenaza. Elementos del Ejército, con los que tenía acuerdos, lo citaron ilegalmente y lo mataron. Los agentes que lo traicionaron estrenaron autos nuevos.

¿Qué tengo que ver con Pedro Avilés y por qué, aunque era un "delincuente", me molesta que lo traicionaran? Nada. Pero, el contexto importa: en primer lugar, el corrido habla de cómo los agentes del Gobierno se benefician económicamente de la prohibición de las sustancias psicoactivas, el corrido visibiliza cómo la prohibición es una política de simulación. También habla de una ejecución extrajudicial y una violación al debido proceso. He sido víctima, sí, de violaciones al debido proceso, sí, también de la mala política de drogas. Pero, además: me han traicionado. Porque el Gobierno tiene una política de drogas de mierda que castiga sobre todo a las poblaciones más empobrecidas y marginadas, porque no debemos tolerar la vulneración a los derechos humanos, ni, aunque estos humanos estén en conflicto con la ley, y porque me han traicionado, canto con entusiasmo: "Adiós, señor comandante, aquí lo llevo en mi lista, usted me echó por delante, ahí lo espero en la revista. Ya que tumbo mi panal, ahora toreé las avispas". Lo poderoso de los productos culturales y artísticos es que se pueden resignificar.


Corridos bélicos

Personalmente tengo un gusto muy entusiasta por los contenidos bélicos. Disfruto, sí, el metal épico, pero también los corridos, pero también los cantares de gestas. Y he encontrado similitudes interesantes: la exaltación al heroísmo, la lealtad, la familia, el amor y el compañerismo. En el episodio de corridos bélicos también hago una analogía entre la canción Ántrax soy, ántrax me voy y Pelayo, del grupo de metal Avalanch, y sobre cómo ambas canciones tienen la misma vibra: hablan de darlo todo, de luchar hasta donde tope, por tus ideales. En el caso de Ántrax soy, por la organización y, en el caso de Pelayo, por el rey. ¿Quiero dar mi vida por una organización, por el rey o por la nación? No. Pero me gusta escuchar canciones que hablan de no darme por vencida ante la adversidad. Lo poderoso de la resignificación, otra vez.

Los corridos muchas veces hablan también de la lealtad, el amor, la valentía y el heroísmo, estos son valores herederos de los cantares del gestas. No obstante, las epopeyas, los cantares y toda la tradición literaria que habla de la guerra y la lucha contra la adversidad son consideradas un canon literario, pero los corridos bélicos, que también hablan de la guerra, la lealtad, el amor y la valentía son estigmatizados. De hecho, siquiera analizar un corrido desde la estructura del viaje del héroe, es problemático para muchas personas. Cuando, por ejemplo, la canción Scarface Renacido tiene la estructura del viaje del héroe. Entonces me pregunto: ¿Qué importa cuando analizamos y problematizamos un producto cultural? ¿De qué habla o quién lo dice?

Me parece importante resaltar dos cosas: que la mayoría de las veces que se ha asociado a la música con comportamientos delictivos, inapropiados o que rompen con los pactos sociales, ha sido música que tiene una postura rebelde o contracultural, como el rock en general. O bien, cuando pertenece a grupos marginados que se apropian de sus realidades, por ejemplo, el rap, el trap y los corridos. En el caso específico del rap, el trap y los corridos me pregunto si los cuestionamientos vienen de verdad de un lugar de genuina preocupación por la construcción de un mundo más habitable o por los prejuicios, el racismo y clasismo. Esto porque toda la vida escuché a señores cantar de relaciones abusivas, de romantizar violaciones y vi poca gente enojada y buscando problematizar o censurar. Pero si una persona racializada habla de que odia a la policía porque la policía es racista, o si un corridista canta de que por medio de actividades ilícitas salió de la pobreza, entonces sí hay problema. Esto me lleva a pensar que lo que nos molesta no es la apología a los delitos o comportamientos antiéticos, sino quién los canta y quién ejecuta esos actos. 

Si un blanco canta de violar, entonces puede que sea arte. Pero, si un empobrecido y racializado canta de cobrar por matar, entonces es una apología al delito. Pareciera que no nos molestan las apologías al delito, sino que se hagan apologías a los delitos que comenten mayormente, por razones estructurales, las personas empobrecidas. Decía bell hooks que no hay nada más peligroso para el estatus quo que las personas marginizadas hablando de sus experiencias, desde sus términos. Y le creo.


¿Cancelar a García Márquez?

Pero, regresando al tema: Peso Pluma cantará en Viña del Mar y Mayol esgrime un par de argumentos que aún no me decido si parecen guion de un programa de teorías de conspiración, como que el Estado no cancela la presentación de Peso Pluma por el miedo a perder el voto juvenil, como si las juventudes fueran estúpidas y no tomaran decisiones políticas mucho más complejas. Pero, más allá de las falacias argumentativas, que me irritan, pero no me parecen lo más grave, me interesa hablar de la moralidad del arte y de si debe o no el Estado ser guardián de las buenas costumbres, pero sobre todo de mi teoría sobre por qué el corrido, a pesar de ser una expresión artística más, es tan estigmatizado y rechazado.

Para eso tomaré también un argumento de Mayol. Él menciona que nos imaginemos que un espacio Estatal invita a un cantante que hace apologías a la pedofilia, afirma que sería un escándalo. Mayol habla del caso específico del festival, de si es válido o no que el Estado invierta recursos públicos en amplificar discursos "delictivos" y, como veo que a Mayol le preocupan las infancias y por eso usa como ejemplo la pedófila, me pregunto también si la siguiente petición entonces será que se saque de las bibliotecas públicas o de los programas de estudios o de todos los espacios que estén gestionados por el Estado a Gabriel García Márquez por hacer apología a la pedofilia en sus "grandes obras". Cito este extracto de El amor en tiempos de cólera: "Ya no era la niña recién llegada que él desnudaba pieza por pieza con engañifas de bebé: primero estos zapatitos para el osito, después esta camisita para el perrito, después estos calzoncitos de flores para el conejito, y ahora un besito en la cuquita rica de su papá".

Es 2024 ya podemos hablar abiertamente de que el boom latinoamericano está cimentado en buena parte en las fantasías pedófilas de los grandes maestros de la literatura. No pido que dejen de leer a Márquez, pero sí pido que, si vamos a problematizar los contenidos de los productos culturales, lo hagamos desde la ética y no de desde nuestra moral burguesa. ¿Vamos a pedirle al Estado que censure todos los discursos que hacen apología al delito? ¿O solo los que incomodan a nuestro orden burgués que odia sobre todo los delitos que son cometidos por los que menos tienen? Esa pregunta es para las buenas conciencias que por un lado disfrutan leer romantizaciones a la violencia hacia las mujeres mientras que esté escritas por los grandes genios de la literatura, pero por otro lado se escandalizan por los narcocorridos. Si tengo que dar una respuesta diría a grandes rasgos que el Estado debe garantizar seguridad, justicia, paz, dignidad y respeto a los derechos humanos, pero nunca decidir de qué sí y qué no productos culturales deben consumir los ciudadanos, porque así empiezan los fascismos y totalitarismos, con la censura.

Respecto a si es inmoral o no, si es ético o no. No tengo una respuesta, pero Oscar Wilde decía que el arte nunca es moral o inmoral, que simplemente está bien o mal escrito. Sin hacer juicios morales, únicamente estéticos, prefiero escuchar la complejidad de la composición de la melodía del Gavilán II de Peso Pluma y Tito Doble P, que leer una frase nadaqueverienta, básica y que no me produce nada como experiencia estética como: "La cuquita de papá". Pero cada quién y sus parámetros estéticos y sus dobleces éticos, porque puedo entender a Peso Pluma como un producto cultural de la guerra, canciones escritas por jóvenes que, como dice Balderas, han mirado la guerra desde sus ventanas, la única realidad que conocen es esta: el México bélico de la plata o el plomo; pero no puedo entender el gusto sexual de un anciano por una niña. Estéticamente no hay competencia entre el Gavilán II pero tampoco éticamente, y ni pido perdón por pensar esto.

Pienso que el rechazo a los corridos es sobre todo una cuestión de clase. Un desprecio de clase. Lo que no soportan los amos, los dueños de los medios de producción, la clase media ilustrada y los aspiracionistas es que de pronto los "de abajo" compartan de su mesa. Estoy convencida, y nadie me va a cambiar la mente, que mucha de la gente que no soporta los corridos es porque en el fondo no soporta que la gente empobrecida cuente sus hazañas. Estoy convencida de que los corridos no irritan porque nos irrite la violencia, comemos, desayunamos, cenamos y vivimos nuestras vidas sostenidas en las violencias a otras personas y animales. Lo que molesta de los corridos es escuchar a gente empobrecida hablar de que salió del umbral de la pobreza. Y acá la dicotomía, porque eso es precisamente lo que los hace atractivos para otras personas: que son un himno a la superación personal. Dice Santa Fe Klan: "Si nunca fuiste pobre, nunca vas a querer ser millonario".

El Estado y la narco máquina

Pero ahora hablemos de la ruptura del pacto social. Mayol, como muchos otros, se escandaliza porque el Estado le da voz al narco. No hay derechos humanos más importantes que otros y pensar que garantizar un derecho como el acceso a la cultura, la libertad de expresión y la diversidad cultural vulnera el derecho a la paz y la sociedad es un argumento fascista. Los corridos bélicos son parte de la diversidad cultural y el Estado tiene la obligación de garantizar la diversidad cultural, no de cuidar, vigilar y censurar. Argumentar que es una contradicción que el Estado luche contra el narcotráfico, pero al mismo tiempo permita la presentación de Peso Pluma es como cuando la derecha dice que garantizar derechos a los migrantes les quita derechos a los ciudadanos con nacionalidad. Pero además es un pensamiento falaz, el Estado puede al mismo tiempo permitir las expresiones culturales y luchar contra el narco, no son opuestas, ni contradictorias.

Lo que va en contra del pacto social es, por ejemplo, prohibir los narcocorridos como una estrategia de simulación: por un lado, los prohíben y, por el otro, alientan el narcoestado, pactando y beneficiándose de la prohibición. Preocuparse porque el Estado "le da voz al narco", pero no preocuparse por cómo el Estado forma parte del narco máquina, es la falacia que llamo mear fuera del hoyo, porque no he permitido que mi formación académica toda autónoma me quite lo vulgar. Mear fuera del hoyo es hacer un escándalo por pendejadas, como la presentación de un morrito en un festival cultural, y hacerse de la vista gorda con las problemáticas reales. En México, tan solo en el mes de enero, madres buscadoras de sus hijos e hijas desaparecidos pidieron una tregua a grupos de la delincuencia organizada para que las dejen buscar; mujeres wixaritari le pidieron al Mencho que ayude a controlar la violencia contra su comunidad; y un padre de familia de la comunidad chejel pide entre lágrimas a los hombres de su comunidad regresar a defender sus tierras.

En México y Latinoamérica el pacto social no se rompe cuando el Estado protege la libertad de expresión y los derechos culturales permitiendo que expresiones culturales tengan un espacio, aunque nos parezcan éticamente cuestionables. El pacto social se rompe cuando el Estado genera las condiciones para que las y los jóvenes sean asesinados. Ser hombre, joven y empobrecido en México es un Estado de emergencia, a las buenas conciencias les preocupa cómo influyen los corridos en las juventudes, pero incluso se benefician de las estructuras que producen fenómenos como el juvenicidio. El juvenicidio es un término desarrollado por José Manuel Valenzuela Arce sobre la muerte de hombres jóvenes, precarizados, racializados, víctimas de mil violencias como el racismo, el clasismo, la precarización económica, el machismo y el desplazamiento forzado, que culmina en muertes violentas. El pacto social se rompe cuando el Estado genera las condiciones para que la principal causa de muerte en jóvenes sea el asesinato a mano armada, y no cuando permiten que las juventudes tengan acceso a la música que les interpela.

Recuerdo la primera vez que trabajé con adolescentes de contexto de alta precarización. Lloré todo el camino de regreso a casa porque, cuando les pregunté sobre sus metas a futuro, la mitad de ellos veía el narcotrabajo como una opción viable, y la otra mitad el Ejército. En lugar de atacarme y culpar a los corridos, pensé en cómo estamos fallando como sociedad para que los jóvenes tengan tan pocas opciones. Me pregunté cómo estamos fallando como sociedad para que la única opción viable que conozcas para salir del umbral de la pobreza sea un brazo armado, ya sea del Estado o de las organizaciones multicrimen. Han pasado diez años de aquella primera vez. La última vez que les pregunté me decían también: cantante de corridos como Junior H o rapero como Santa Fe Klan. Las juventudes existen y resisten más allá de nuestros juicios adultocéntrincos.

Dice Juan Carlos Ramírez Pimienta que no hay que escatimar la capacidad de las juventudes de resignificar los corridos. Los corridos son un canto de guerra para miles de jóvenes que crecieron en un México militarizado, en guerra y sin oportunidades reales de desarrollo. Los corridos hablan del anhelo de los jóvenes de callar bocas, de pasarla bien, de vivir su juventud y de salir del umbral de la pobreza. Las personas no usamos frases de corridos para hablar de nuestro anhelo de delinquir, las resignificamos para presumir nuestros logros y manifestar nuestros anhelos. No creo en la meritocracia cuando un señor blanco que estudió un doctorado con el fideicomiso de sus padres, entusiastas de la ultraderecha pinochetista, me dice que viene desde abajo, pero sí creo en la meritocracia cuando un joven que es el primero de su familia en terminar la primaria ahora trae un rubicón. Ese joven se merece su corrido.

Quizás no rompe el pacto social pero sí me rompe las pelotas cuando hombres blancos, académicos, bien educados, bien comidos, que jamás han vivido precarización, opinan sobre qué sí y qué no es romper un pacto social desde su moralidad y prejuicios burgueses. Lo mínimo que espero de ellos es que reflexionen cómo se benefician de las violencias estructurales y de las estructuradas que viven otras personas, cómo son parte del entramado de dominación como dominadores. Espero que reflexionen cómo se benefician del racismo, de la precarización y de la guerra, por ejemplo, escribiendo sobre Peso Pluma. Pero, sobre todo, que no opinen desde el estigma, el racismo, el clasismo y la ignorancia de temas que, sobre todo, les pican en su moral burguesa.

Los corridos bélicos hablan de guerra, le cantan a los perpetradores de violencia, al lujo, a las drogas y las armas, pero también le cantan a la esperanza, al honor, a la lealtad, al amor y a lucha contra la adversidad. Son un reflejo de la realidad mexicana, complejos. Pero son sobre todo un grito de guerra para todas las personas que queremos salir adelante, que estamos sobreviviendo con lo que podemos al horror cotidiano. Dice Itziar Ziga que un mundo lleno de desesperanza necesita versos. En un contexto de guerra, de precarización, de riesgo vital, cantar al son del Chino Pacas: "Dijeron que no lo iba lograr y ahora todos están callados", es también un grito de esperanza. En México nacimos bélicos y bélicos nos vamos. Y la queso Pluma.

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